Sobre mí
Soy Viola, y creé este espacio porque es lo que me habría gustado encontrar cuando adopté a mi perro, Balú.
Cuando adoptamos un perro, casi siempre lo hacemos con expectativas, con una idea de cómo va a ser la vida con él. Yo también las tenía: Balú iba a ser mi compañero de trabajo en educación asistida con perros. Me habían dicho que era perfecto con niños.
La realidad fue muy distinta. Gruñía a los niños. Me gruñía a mí. Gruñía a todos.
Probé varios métodos, y recibí mensajes contradictorios: dominancia, exposición forzada, correcciones… o, en el otro extremo, trabajar solo con comida. Nada encajaba conmigo. No quería construir nuestra relación desde el miedo o la sumisión, ni reducirla a un simple intercambio de premios.
Para ayudarle mejor, me formé como educadora canina respetuosa. Balú mejoró, pero llegamos a un punto muerto. Yo seguía sin entender algunas cosas de nuestro día a día, y eso me generaba culpa y me hacía exigirme cada vez más.
Hasta que entendí que el punto muerto no estaba en Balú ni en mí. Estaba en lo que me habían contado sobre cómo debía ser la vida con un perro, y en lo poco que se parecía a la nuestra. Tuve que ser honesta conmigo misma, soltar al perro que había imaginado y empezar a aceptar al que tenía delante. Ahí empecé a ver los paralelismos entre quién era él y quién era yo. Descubrí que no podía separar lo que le pasaba a él de lo que me pasaba a mí, los dos formábamos parte de la misma historia.
Por eso creé este espacio. Porque lo que la sociedad suele llamar «buen perro» o «mal perro» parte casi siempre de una sola pregunta: ¿es cómodo para mí? Esa mirada unidireccional deja fuera lo más importante: que la relación va en las dos direcciones, y la realidad es mucho más compleja que esa etiqueta.
La conducta nos da información sobre cómo está respondiendo nuestro perro a su entorno. Para comprenderla, necesitamos mirar más allá de lo que hace y tener en cuenta todo lo que influye en la convivencia.
Lo difícil también puede ser el principio de algo nuevo. Por eso uno educación canina y trabajo social: para acompañar ambos lados de la correa.
Así es trabajar juntas.
Cuando convivimos con un perro, no solo importan sus necesidades, sus emociones, su comportamiento. También importan las tuyas.
Es fácil buscar la respuesta solo en él: qué le pasa, por qué reacciona así, qué necesita aprender. Pero la convivencia también depende de cómo estás tú: del momento vital que atraviesas, de tus expectativas, de tus propios recursos en ese instante. Y muchas veces la culpa no es ni tuya ni de tu perro: es de todo lo que te contaron sobre cómo «debería» ser esta relación, antes incluso de que os conocierais.
Por eso combino dos disciplinas a la vez: como educadora canina, te ayudo a entender a tu perro, su lenguaje y lo que necesita; como trabajadora social, tengo en cuenta también a quien está al otro lado de la correa: cómo estás viviendo la situación, y qué necesitas tú para afrontarla.
Aquí no hay pautas generales ni protocolos rígidos. Cada binomio persona-perro llega con su propia historia, así que el proceso se adapta a la vuestra. Aun así, el camino suele pasar por tres momentos:
- Desenredamos. Miramos juntas qué pasa realmente en vuestro día a día. En los paseos, en casa, cuando llegan visitas…y qué sientes tú en esos momentos: frustración, vergüenza, miedo a que algo salga mal,etc. También revisamos qué esperabas de tu perro, qué creencias tienes sobre «cómo debería ser» y qué te dices a ti misma cuando las cosas no salen como imaginabas.
- Comprendemos. Aprendes a leer el lenguaje corporal de tu perro y a entender qué te está diciendo con su comportamiento. A la vez, trabajamos qué te pasa a ti cuando eso ocurre. Por qué reaccionas como reaccionas, y cómo regularte para responder distinto.
- Integramos. Ajustamos juntas las rutinas y el entorno, adaptándonos a vuestra realidad y teniendo en cuenta lo aprendido. Este paso no es el resultado final: es un nuevo punto de partida para vuestra relación y vuestra forma de comunicaros.
